MI AMIGO EL GIGANTE: UN CUENTO MARAVILLOSO

Hace casi 40 años, Steven Spielberg nos dio una muestra de su genialidad y de lo que es el buen cine; bueno, más bien de lo que son las grandes historias, esas que siempre nos llegan al corazón, aunque seamos demasiado pequeños para entenderlas. Lo hizo con E.T, el extraterrestre, una película que nunca pasará de moda, nunca envejecerá, y yo por lo menos siempre voy a recordar con cariño. E.T me robó el corazón, y ahora, mucho tiempo después, Spielberg ha vuelto a conseguirlo con Mi amigo el Gigante, su nueva apuesta en el cine familiar. Escrita por Melissa Mathison, la misma guionista que nos trajo E.T, esta nueva película nos vuelve a hablar de eso tan universal que es la amistad, pero también, nos habla de la vida misma, de lo que supone crecer, dejar de ser niño y convertirse en adulto.

El relato nos presenta a Sofía, una niña huérfana que vive en un orfanato londinense. Sofía tiene insomnio, y una enorme curiosidad, por lo que todas las noches se pasea acompañada de un fiel gato, a la búsqueda de libros que leer, de mundos que descubrir. Una de esas noches, al mirar por la ventana (algo que tienen prohibido por la gobernanta del orfanato), Sofia ve una sombra enorme, una mano muy grande, que no puede pertenecer a un ser humano normal y corriente. Y en efecto, es la mano de un gigante de siete metros (interpretado de forma excelente, casi divina, por Mark Rylance, al que le doy ya mi Nominación para los próximos Oscar por esta cinta), que la coge y se la lleva al País de los Gigantes, donde a la niña le espera no solo una aventura mágica, sino el camino del auto descubrimiento, y conocer la materia de la que están hechos los sueños.

Decíamos al comienzo que esta es una cinta familiar, pero creo que debo mencionar una cuestión para que luego nadie piense que no se le ha avisado. Efectivamente, es un cuento de hadas precioso, pero no creo que encandile a todo el mundo, especialmente a partir de una cierta edad. Y sobretodo, si el espectador carece de una mínima sensibilidad para apreciar la película. Los niños la disfrutarán, aunque también establezco un límite en los 8 o 10 años, a partir de estas edades, ya se hará algo complicado, pero sigo estableciendo el matiz, depende también de las características del niño o del adolescente. Y respecto a los adultos, pongo el límite en los 50. No es que quiera discriminar, es cuestión de lo que me dice la percepción. Es una aventura para todos los que no hayan dejado morir al niño que llevan dentro.

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