SENTIMENTALISMO TÓXICO: EL CULTO A LA EMOCIÓN.

Pronto comenzarán las vacaciones de verano para todo el mundo. Es el momento de planificar a dónde nos vamos y cuanta ropa metemos en las maletas. Pero, también hay algo imprescindible para la temporada estival, un compañero de viaje que nos lleve a lugares y experiencias nuevas a través de pocas páginas. Por supuesto, me refiero a los libros. Sí, toca elegir lecturas. Por mi parte, de momento no tengo elegido nada, pero seguramente haré una atractiva combinación de libros y cómics. El caso es que hace poco he leído un ensayo muy interesante, publicado por Alianza Editorial, que me ha hecho acordarme del tiempo en el que estamos, de esas lecturas veraniegas que todos tenemos cuando nos encontramos tirados en la arena de la playa. Y he pensado que no solo se pueden leer novelas y productos destinados al  entretenimiento. También podemos acudir a otro tipo de cosas que nos hagan pensar y reflexionar un poquito. Soy consciente, mientras escribo estas líneas, de que eso de pensar es algo complicado y cuesta mucho, pero como hay muchos a los que todavía les gusta hacerlo, por eso voy a hablar de un libro de poco más de 190 páginas llamado “Sentimentalismo Tóxico: Cómo el Culto a la Emoción Pública está corroyendo nuestra Sociedad”.

El autor de este libro tan políticamente incorrecto es Theodore Dalrymple (pseudónimo del Doctor Anthony Daniels),médico, psiquiatra y columnista habitual de los diarios The Times, The Spectator o el Daily Telegraph. El autor hace un breve estudio para contarnos donde pueden encontrarse los orígenes de ese Sentimentalismo Tóxico, que dura y tiene gran preeminencia en nuestros días. Partimos de una pregunta  muy interesante que no solo se puede aplicar a Inglaterra (el autor centra todo el libro en su país natal), pues también nos la podemos hacer en España. Dicha pregunta es:

¿”Hay razones inteligibles por las que los niños y sus padres, que según los estándares de todas la generaciones, algunos de ellos bastante recientes, gozan de excelentes condiciones de bienestar y acceso a inimaginables fuentes de conocimiento y entretenimiento, deban sentir tanta ansiedad y ser tan agresivos y violentos”?

Sí que las hay, y se encuentran en ese Sentimentalismo, en el Culto al sentimiento. Y esto tiene su origen en el Romanticismo. En aquellos tiempos, se pensaba  que los niños tienen una bondad inherente que al convertirse en adultos genera una degradación moral absoluta. Había que conservar esa inocencia y bondad por encima de todo, por lo que “la educación correcta consistiría en evitar la educación”.  Por supuesto no solo estaban estas virtudes, también se pensaba (y se sigue creyendo en ello a ciegas) que los niños tienen un talento natural, una curiosidad inteligente y la capacidad de descubrir cosas por sí mismos. Pero estos cantos de sirena pronto se rebelan como eso, como algo que solo está en la imaginación de estos teóricos buenistas. Porque no todos los niños son iguales. Había que lograr esa igualdad de alguna manera. ¿Solución? Inventar que todos los niños, tienen al menos, un talento especial. Entonces llegamos al desprecio de los métodos de estudio rutinarios. Porque claro, como todos tenemos esa capacidad innata de saber de todo simplemente porque nosotros lo valemos, los teóricos románticos propugnaron que la memorización era contraproducente, y que “un niño aprendería mejor a leer si lo descubría por sí mismo”.

Estas teorías tienen su ejemplo más significativo en el Informe Spenz publicado a comienzos del Siglo XX, que entre otras muchas perlas, sostiene:

 

El plan de estudios de estudios de la escuela primaria debe contemplarse más en términos de actividad y experiencia que en los de la adquisición de conocimientos y memorización de hechos”

No sé vosotros, pero yo tengo con esto una sensación extraña; como que ya he vivido esto, bueno, y lo estoy viviendo no de forma directa, pero sí que leo en prensa noticias relacionadas con la educación, más bien “Educastración” como diría Enrique de Vicente. Dalrymple asegura: “Cualquier buen profesor sabe que la educación es algo más que embuchar cantidades de datos aburridos en la mente de un niño; pero cualquier buen profesor sabe también que hay una serie de conocimientos que deben ser enseñados al niño y que nunca podrán ser descubiertos por este, ya sea por incapacidad o por falta de interés”.  Bien, ahora vemos en qué ha degenerado este tipo de Educación, y lo vamos a hacer de forma lo más resumida posible para no spoilear todo el libro.

Años más tarde se escucha con bastante frecuencia que es más importante tener una opinión sobre un tema, que se considera postura activa, que estar informado sobre ese tema, que es considerado postura pasiva; y que la vehemencia (el sentimiento) con la que se defiende una opinión es más importante que los hechos (conocimientos) en los que se basa”.

Evidentemente que hay personas que captan los conocimientos mucho mejor, y de forma más rápida que otras de forma “natural”. Pero eso no significa que entiendan de lo que están hablando. Memorizar estadísticas y datos lo puede hacer cualquiera. Pero comprender lo que nos quieren contar, eso es otra cosa totalmente distinta. Ahora bien,  con esa filosofía del buenismo, y de que todos somos iguales, hemos llegado al punto en que ya nada importa, todo es efímero. Porque como todos somos iguales, entonces todos sabemos de todo. Las evidencias, los hechos, eso ya no importa nada. Porque ahora hay que “respetar” todas las opiniones, estén o no, bien argumentadas o justificadas. “La importancia se ha democratizado, o por lo menos, se ha popularizado: ahora todos somos importantes”.  Citando de nuevo al autor del libro: “Pocas veces las artes de suppressio veri (supresión de la verdad) y suggestio falsi (sugestión de una falsedad) han sido utilizadas de forma tan concentrada” como en el presente. Solo hay que abrir un periódico por las mañanas, el que sea. Ahí es donde nos deberíamos dar cuenta de que cada uno cuenta su versión particular de la realidad, que en muchas ocasiones, está bastante cercana a la mala ciencia ficción. La realidad es que hacen con nosotros lo que quieren. Todo ello gracias a los intelectuales y al Estado, los cuales, se oponen con fervor a la Familia precisamente por esto, porque se interponen en su misión de crear una arcadia feliz en la que no existen los males de ningún tipo, y de ahí nacen los odios y las campañas de desprestigio hacia la familia, destacando sus miserias. Los niños son perfectos, recordemos, son buenos, son angelitos, que se corrompen cuando se hacen mayores. Debemos impedirlo. ¿Cómo se consigue esto? Con el Sentimentalismo acrítico. Lograr que las personas no piensen, no reflexionen, no se hagan preguntas. Por eso, “El sentimentalismo es un buen aliado de la corrupción”.

¿Qué es el Sentimentalismo?

“Es una de esas cualidades que es más fácil de identificar que de definir”.  “Un exceso de emociones falsas y sensibleras”. Ya no basta con llorar en privado. Ahora, hay que hacerlo públicamente, y además nos dictan el qué, dónde, cuándo, cómo y por quién hay llorar. ¿Por qué hay que llorar solo por la desaparición de Juanito, y no se puede llorar por los miles de niños que mueren a diario en países del tercer mundo? ¿Por qué se llora solo por la muerte del vecino y no por todos los que mueren a diario en diversas guerras repartidas por el mundo? Por esto, “el Sentimentalismo es coercitivo. Debes unirte a él, o abstenerte de criticarlo”, ya que tiene un poderoso aliado, la corrección política, “que se encargará de que sea socialmente obligatorio, e incluso, legalmente exigible”.  Y es que este debate nos lleva una cuestión importante. “La pregunta no es si debe haber sentimientos o no, la pregunta es cómo, cuándo y hasta qué punto deben expresarse y qué lugar deberían ocupar en la vida de las personas”. Personalmente, me quedo con algo que decía un querido profesor de sociología que tuve en la Universidad: “Somos corazón, pero también somos cerebro”. No tenemos que erradicar los sentimientos, no se trata de que nos convirtamos en Vulcanianos como el señor Spock.  Pero necesitamos del cerebro para saber manejar nuestras emociones.  Soy consciente de que “necesitamos la simplicidad en nuestra vida; el bien debe ser absolutamente bueno, el mal totalmente malo, lo bello enteramente bello etc.”, pero en aras de esto, creo que conseguimos todo lo contrario. Perdemos de vista que no todo es absoluto, que hay contrastes. Y degeneramos en enseñar a las nuevas generaciones “Que toda la historia de la humanidad ha sido una lucha entre víctimas y agresores, oprimidos y opresores, privándoles del desarrollo del sentido de la proporción sin el cual, la información no es más que una forma superior de ignorancia”.

El libro nos da las causas, las analiza, nos lleva a pensar en lo que estamos haciendo. Que las nuevas generaciones tengan Google no significa que sean más inteligentes ni que sepan hablar de las cosas. Citando de nuevo al maestro Enrique de Vicente, “Hace falta una Revolución Psíquica”, en todos los aspectos. Con esto no pretendo que todos los lectores me den la razón, simplemente me apetece abrir un debate, una reflexión igual que yo la tuve cuando leía el libro. Ante todo lo que experimenté fue pánico, terror porque muchas de las cosas que Dalrymple cuenta se están cumpliendo, y no veo por ningún sitio ganas de cambiar, de emprender esa revolución psíquica. Espero equivocarme y espero que muchos os acerquéis a leer el libro y lo disfrutéis.

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