LA GRAN MURALLA: ESPECTÁCULO VISUAL. NADA MÁS.

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Esta película es el resultado de una próspera alianza entre el gigante asiático y Hollywood. La primera de muchas superproducciones venideras. Aquí ya hemos hablado en otras ocasiones sobre la importancia que está adquiriendo el mercado asiático a nivel de taquilla. Tanto es así, que gracias a China podremos ver en pantalla, por poner dos ejemplos, nuevas entregas de Warcraft o de Pacific Rim. Producciones que en Estados Unidos y Europa no han tenido buenos resultados económicos, pero sí en Asia. De manera que tenemos que ir cambiando la mentalidad a la hora de juzgar lo que es un éxito y lo que no. Ahora bien, surge una cuestión importante a raíz de esto mismo. Cuando resulta que películas de presupuesto medio como Calle Cloverfield 10, como Vivir de Noche, como “Sos buenos tipos” y un largo etc. no tienen el éxito esperado de recaudar cientos de millones en el primer fin de semana, ¿Significa por ello que sean films más mediocres? Estamos acostumbrados a que lo que arrasa en la taquilla es lo mejor, y no es necesariamente así. Prueba de ello es esta Gran Muralla de la que vamos a hablar, cuyo marketing se basa fundamentalmente en esa joint venture americana- asiática. Pero ¿Hay algo más en esta película aparte de un presupuesto descomunal? Por mi parte, no he encontrado nada.

William (Matt Damon) y Tovar (Pedro Pascal) son dos mercenarios occidentales que viajan a Oriente en búsqueda de un arma muy importante: la pólvora negra. En su viaje, son atacados por una misteriosa criatura a la que no identifican. Huyen del ataque y acaban en la Gran Muralla, construída para proteger el Imperio Chino de las acometidas de esas criaturas. Unos seres que atacan cada 60 años para buscar alimento para su reina. Hasta aquí es la sinopsis. Lo que viene después es una sucesión de batallas en las que no hay guión ni personajes perfilados de forma correcta y un mensaje sobre la codicia metido con calzador. Para resumir y que nos entendamos. El prestigioso director Zhang Yimou, que tiene una carrera cinematográfica sensacional, no solo con superproducciones de artes marciales como Hero o La maldición de la Flor dorada, sino también films de corte histórico, dramas bélicos como “Las Flores de la Guerra” y “Amor bajo el espino Blanco”, hace aquí también una superproducción. Pero en esta ocasión,  ha cogido historias que hemos visto y que conocemos y las ha mezclado. Es decir, ha puesto una enorme olla en la que ha metido un poco de Tolkien, un poco bastante diría de Juego de Tronos, un toque de Superman, un toque de Alien, y este guiso lo condimentamos con la estética de la China imperial en la que no hay ni una mínima patada de kung fu, y hacemos un producto que sí, es atractivo visualmente, pero carece de épica, de emoción, de personajes con los que conectes.

No solo lo digo por Willem Dafoe, un actor maravilloso que aquí es como si estuviese paseando por la zona y “nah, pasaba por aquí y me digo: voy a ver qué se cuece”. Es que Matt Damon ha decidido que su personaje es Jason Bourne, que él es Jason Bourne. Se lo ha creído tanto que su cara es la del agente de la CIA con pérdidas de memoria a corto plazo. En fin, ¿se pasa un buen rato? sí, independientemente de las deficiencias de la película y de que es una pena que un producto en el que hay detrás nombres como Tony Gilroy y Edward Zwick no aspire a un nivel mayor de coherencia.

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